
Hablar del sentido de la muerte puede parecer una incongruencia, pues, en principio, la muerte clausura cualquier posibilidad de sentido; sitúa toda construcción humana bajo la amenaza de la nada. Por eso, quizás sería más correcto hablar sólo de la función de la muerte, pero en el siglo XX se desarrolló una filosofía que, bajo el supuesto de que la existencia es en sí misma un acontecer absurdo, vio en la muerte el hecho revelador de la naturaleza última de la vida. Desde esta óptica se puede considerar que la muerte tiene un sentido: el de hacer patente el sinsentido de la existencia. Nos estamos refiriendo al existencialismo en su versión más radical, del que ya hemos hablado en el capítulo primero. Simone de Beauvoir no es una filósofa en sentido estricto; es decir, no elabora un pensamiento sistemático, ordenado según los clásicos cánones académicos; es más bien una poetisa, una creadora de belleza, pero todas sus obras se hallan preñadas de ideas filosóficas que están en estrecho contacto con el existencialismo ateo.
Nació el 9 de enero de 1908 en el seno de una familia burguesa. Su madre, protagonista de la obra que analizaremos, era profundamente católica, al contrario que el padre, más liberal. Esta doble influencia hizo de la joven Simone un ser complejo, capaz de integrar dentro de sí dos ámbitos inconexos: uno espiritual (marcado por la piedad de la madre) y otro intelectual (forjado bajo la influencia paterna). Aunque posteriormente perdió por completo la fe, la impronta que su madre había dejado en ella fue determinante en su visión del sacrificio como momento constitutivo de la moral. Estudió filosofía en la Sorbona, donde, en 1929, conoció a J. P. Sartre, a quien se unió intelectual y sentimentalmente. A pesar de ser una pareja peculiar, pues ambos admitían que el otro mantuviera simultáneamente otras relaciones, permanecieron unidos hasta la muerte de Sartre en 1980. Fue profesora de Filosofía hasta 1943, año en que publica su primera obra, La invitada, y decide dedicarse por completo a la escritura. Colaboró con Sartre en su revista Temps Modernes. La huella del pensamiento del filósofo francés puede reconocerse en obras como La sangre de los otros, Los mandarines (por la que consiguió el premio Goncourt) o Memorial de una joven de buena familia. En El segundo sexo aborda el problema de la secular alienación de la mujer, convirtiéndose por ello en obra de referencia del movimiento feminista. El tema de la muerte es tratado en La vejez, Una muerte muy dulce, y La ceremonia del adiós, en la que repasa sus relaciones con Sartre. Falleció en París el 14 de abril de 1986.
Se puede afirmar que Beauvoir posee la habilidad de introducir al lector de un modo persuasivo, casi sin que éste lo perciba, en el clima espiritual que se desprende del pensamiento filosófico de la Europa de la postguerra. Un mundo desencantado, escéptico, que ni posee la confianza en la razón y en el progreso propia del positivismo ilustrado, ni la fuerza romántica de exaltación del yo por encima de los estrechos límites del racionalismo. Como ya hemos afirmado repetidamente, uno de los pensadores que llevó hasta el límite el desarraigo de una existencia abandonada, sin puntos de referencia sólidos a los aferrarse, es Sartre, omnipresente en la obra de Beauvoir. Cuando éste desarrolló sus ideas más penetrantes, el pensamiento había agotado todos los recursos que permitían mantener un mínimo de esperanza: Dios había desaparecido del horizonte intelectual; la naturaleza se había reducido a un inmenso mecanismo que actúa ciegamente; y la humanidad ya no tenía credibilidad después de mostrar su rostro más cruel en las dos grandes guerras. Es más, el propio concepto de naturaleza humana se interpretaba como un reducto del pasado dogmático o como la proyección ideológica de un mundo culpable. ¿Cómo se entiende, entonces, al ser humano? En estos momentos comienza a percibirse como algo indefinible, un ser sin esencia, existencia únicamente determinada por su libertad. Partiendo de estos presupuestos, Beauvoir desarrolla con apasionado dramatismo lo que Sartre presenta de un modo descarnado y frío.
La inminencia de la muerte de la madre es, en Una muerte muy dulce, el hecho que desencadena una serie de experiencias que sitúan a la autora en el umbral de un radical cambio de conciencia. Con pequeños detalles cargados de sensibilidad, describe en sus primeras páginas el modo en el que, durante los días previos al acontecimiento, se le fue haciendo evidente la inexorabilidad de un destino fatal que, aunque conocido de antemano, se presentaba como algo imprevisto, extraño, violento. La enfermedad, el deterioro físico, la lenta agonía del cuerpo maltrecho, se convierten en el vehículo a través del cual lo simplemente conocido se convertía en experiencia; la mera información pasaba a ser sabiduría. Esto, además, cobra una especial relevancia cuando tenemos en cuenta que estamos ante una mujer que no vivía refugiada en doctrinas consoladoras, en filosofías esperanzadoras. Al contrario, Beauvoir tenía presente desde hacía tiempo la posibilidad de que la existencia fuera la envoltura de una nada absoluta.
En efecto, ya hemos afirmado que para Sartre el ser humano sólo se podía definir a partir de su libertad. El hombre es, bajo este punto de vista, proyecto, apertura al mundo. Pero, ¿qué es el mundo para él? Ya vimos que nudas existencias, apariencias que no esconden nada, sólo el vacío. Es un mero estar-ahí. Beauvoir era consciente de ello ya desde su juventud. De hecho, en sus memorias cuenta cómo para ella el mundo, incluso cuando se consideraba creyente, nunca fue nada más que aquello hallaba ante sí. Dios, si existía, era algo que no tenía nada que ver con él.[1] Con más razón después de perder la fe. La realidad entonces pasó a ser concebida definitivamente como “una patética ausencia de absoluto”.[2] El encuentro con el nihilismo de Sartre no debió de suponer, pues, una conmoción en sus esquemas filosóficos, sino más bien un modo de ordenar y dotar de fundamento lo que ya se hallaba incoado. Dentro de un mundo así, sin más referencias que la propia libertad, el hombre se halla condenado a construir su propia vida, a crear un sentido para las cosas, puesto que éstas no ofrecen ninguno. Y en esta tensión tienen su raíz la angustia y el miedo, que hacen que, sólo ante la nada, el ser humano se refugie en las cosas inventando mitos, valores, etc., que lo liberan de su responsabilidad. El hombre construye, de este modo, un mundo falso en el que todo conspira para el olvido de lo fundamental. Así lo describe Beauvoir:
¡Qué triste me sentía aquel miércoles por la noche, dentro del taxi que me llevaba! Conocía de memoria el trayecto a través de los barrios elegantes: Lacôme, Houbigant, Hermès, Lavin. Con frecuencia un semáforo rojo me detenía delante de la “boutique” Cardin: veía sombreros, chalecos, pañuelos, zapatos y botas de una elegancia irrisoria. Más lejos, unos bonitos batines acolchados, de colores suaves (…) Perfumes, pieles, ropa blanca, joyas; la lujosa arrogancia de un mundo en el que no hay lugar para la muerte.[3]
Aunque sugestivo, envolvente, Beauvoir no puede dejar de reconocer que se trata de un mundo falso. Y no por casualidad. Es intencionalmente falso, está diseñado desde una mentira, pues el fin no es otro que alejar al hombre de su vida, hacerle olvidar que posee una responsabilidad sobre ella narcotizándolo con “colores suaves” que alivian la aspereza de la existencia. La prueba de ello es que en él “no hay lugar para la muerte”; es decir, es un mundo en que el ser humano se miente ocultado todo aquello que lo pone ante una decisión radical.
Hay que observar que, tal y como ya apuntamos, el origen de la inadvertencia es doble. Por una parte, nuestra cultura busca deliberadamente el olvido, la ocultación de aquellos aspectos de la vida que exigen del ser humano la valentía de contemplarse a sí mismo tal y como es. En el fondo, ¿qué hacen los sombreros, chalecos, pañuelos y zapatos de los que Beauvoir habla? ¿Para que sirve todo aquello que contempla en los barrios elegantes? Para ocultar el deterioro del ser humano, su finalidad es disfrazar de juventud, de vida, lo que ya no la posee. La vejez resulta molesta porque nos revela lo que somos: un cuerpo caduco. En la entrada de las ermitas que se hallan en las afueras de Córdoba, una calavera advierte al visitante: “Como te ves me he visto, como me ves te verás”. Nada más alejado de nuestra mentalidad, construida sobre la pretensión de eternizar lo efímero.
Mas esta tendencia cultural no hubiera arraigado en el ser humano si no existiera ya en él una predisposición psicológica a escapar de la realidad. Veamos su posible origen. Según Sartre, las cosas son en sí, es decir, son existencias clausuradas, ya realizadas; la conciencia, por el contrario, es para sí, debe de hacerse a sí misma, construirse. Y en este proceso puede emerger el sentimiento de angustia, el miedo a la libertad. Es entonces cuando el hombre se refugia en la masa, busca convertirse en un en sí cosificando su propia vida. A esto él lo llamaba “la mala fe”, Heidegger “existencia inauténtica”; vida que se esconde entre las cosas, es decir, se cosifica. Cuando se produce esta operación, el hombre queda identificado con la costumbre, la tradición, o con cualquier otro modelo que le exime de la tarea de asumir la responsabilidad que tiene sobre sí mismo. Beauvoir describe cómo su madre había vivido una existencia así, escondida en el rol que desempeñaba. Su formación, la herencia cultural que había recibido, etc., la habían convertido en una abnegada ama de casa que soportaba las infidelidades del marido, cuidaba de sus hijas, y cultivaba una profunda espiritualidad:
Después de la muerte de papá, cuando tía Germaine sugirió que no había sido un marido ideal, ella reaccionó con violencia: «Él siempre me ha hecho muy feliz». Y, en efecto, ella nunca había dejado de afirmárselo. No obstante, ese optimismo fabricado no bastaba para colmar su avidez. Se precipitó sobre la única salida que se le brindaba: nutrirse de las vidas jóvenes que estaban a su cargo. «Yo, al menos, nunca he sido egoísta, he vivido para los demás», me dijo más tarde. Sí, pero también a través de ellos.[4]
En este pequeño fragmento hay una doble crítica. Por un lado, como ya sabemos, Beauvoir fue extremadamente sensible a la alienación que tradicionalmente ha sufrido la mujer. Y, de algún modo, ve reflejado en su madre el producto de todo ello. Pero, más allá de eso, la rebelión de fondo de nuestra autora se dirige contra la actitud vital que impulsa al ser humano a esconderse de sí mismo en los medios que el mundo pone a su disposición. De hecho, es mucho más dura con su madre que con el padre, de quien dice que no se atreve a juzgarlo. Y quizás sea porque ve en ella el potencial de un temperamento que no estaba hecho para la resignación, reconoce en ella una energía que, por una u otra razón, había quedado abortada. De hecho, admite que aunque nunca fue capaz de desembarazarse de la mediación de los demás, “en ella subsistió una mujer de sangre y fuego”.[5]
Y es precisamente en el momento de la muerte, en esos días en los que el deterioro del cuerpo le indica que todo se acaba; es entonces, nos dice Beauvoir, cuando caen todos los ropajes con los que había recubierto la existencia, y emerge de forma nítida la pura conciencia de sí.[6] Dos de los hechos que sorprenden a la propia Beauvoir resultan, a este respecto, significativos. El primero de ello es el total abandono del pudor. “Su cuerpo se le imponía”, nos dice. Pero no el cuerpo en cuanto vehículo expresivo de la persona, no como el caduco envoltorio del alma, como correspondería a una mentalidad católica de principios del siglo XX. No. Su cuerpo se le impone en el sentido de que ella se percibe a sí misma reducida a él, ella es su cuerpo.[7] Al desaparecer la ropa, al perder el miedo a mostrarse como en realidad es, la madre de Beauvoir provoca una conmoción en su hija. Es normal, si tenemos en cuenta que, para ella, aquella mujer había sido siempre su madre, y lo que ahora encuentra es una existencia sin más, un estar-ahí desprovisto de cualquier otra significación. Y en cuanto tal, frágil, contingente, abandonada a su propia lasitud. Esto es lo que queríamos indicar cuando afirmábamos que la muerte es reveladora de una verdad: la absoluta limitación de todo lo existente. Al recubrir a las personas de significados, de funciones, etc., las cosificamos, velando de este modo su naturaleza de existente, del mismo modo que la ropa oculta nuestro cuerpo. Quizás por ello, al descubrir el cuerpo de su madre Beauvoir sufre, como ella misma dice, un schok: se había encontrado con una existencia pura, sin ningún velo:
Ver el sexo de mi madre me había producido un schok. Ningún cuerpo existía menos para mí, ni existía más. De niña lo había querido; de adolescente me había inspirado una inquieta repulsión; es clásico y me parecía normal que hubiera conservado ese doble carácter repugnante y sagrado: un tabú (…) Para mí, mi madre había existido siempre y nunca había pensado seriamente que algún día la vería desaparecer. Su fin se situaba, como su nacimiento, en un tiempo mítico.[8]
Al caer la ropa se desprenden también las significaciones, el tabú se desvanece y aparece la realidad: una existencia que, sencillamente, está ahí, por inercia. Recordemos las palabras de Sartre: “Las cosas se han desembarazo de sus nombres. Están ahí, grotescas, obstinadas, gigantes”.[9] Rodeada de muerte, su madre deja de ser tal, ya no es su madre, no es posesión de nadie, no se identifica con ninguna función. Por primera vez se exhibe tal cual es, y esto provoca en la hija una sensación que algo tiene que ver con la náusea de la que se habló en el capítulo primero. El tiempo mítico, el de los significados, el de los conceptos, deja de tener validez cuando irrumpe el acontecimiento que iguala todas las cosas: la muerte. Quizás por ello, junto a la cama de la moribunda, Beauvoir reconoce la presencia de la muerte de las “danzas macabras”, la que en los teatros medievales unía a reyes y a pordioseros, a frailes y a prostitutas, y los conducía, con su guadaña, por el mismo camino, pues para ella todos son iguales.
En este estado de ánimo, el mundo entero se transfigura, ya nada puede volver a ser como antes, porque se ha descubierto que todo estaba construido sobre una mentira.
Para seguir leyendo: http://www.bubok.com/libros/11147/Asaltar-las-trincheras-Sobre-literatura-y-filosofia
[1] “Me habitué a considerar que mi vida intelectual –encarnada por mi padre- y mi vida espiritual –dirigida por mi madre- eran dos dominios radicalmente heterogéneos, entre los cuales no podía producirse ninguna interferencia. La santidad era de otro orden que la inteligencia; y las cosas humanas no tenían nada que ver con la religión. Así relegué a Dios fuera del mundo”. Beauvoir, S.
Mémories d’une jeune fille rangée, París, 1958, p. 44. Citado por Moeller, C.
Literatura del siglo XX y cristianismo, vol. V, Madrid, 1978, p. 185.
[2] Ibíd., p. 243.
[3] Beauvoir, S. Una muerte muy dulce, Barcelona, 1977, p. 111.
[4] Ibíd., p. 51.
[5] Ibíd., p. 51.
[6] “Mamá no tenía el hábito de observarse. Ahora su cuerpo se le imponía. Cargada con ese lastre, ya no estaba tan desconectada de la realidad y ya no decía nada que me chocara (…) La enfermedad había quebrado su caparazón de prejuicios y pretensiones: quizás porque ya no necesitaba de esas defensas. Su deber primordial era restablecerse, es decir, ocuparse de sí misma; al abandonarse sin escrúpulos a sus deseos y a sus placeres, se había liberado al fin de su resentimiento”. Ibíd., págs. 83-84.
[7] “Solo que ese cuerpo, reducido de pronto por esa renuncia a no ser sino cuerpo, en nada se diferenciaba de un despojo: pobre esqueleto sin defensa, palpado, manipulado por manos profesionales, en el que la vida parecía prolongarse sólo por una estúpida inercia”. Ibíd., p. 25.
[8] Ibíd., p. 25.
[9] Sartre, J. P. Op. cit., p. 138.